

Espero que a estas alturas se tenga claro que el feminismo no va contra los hombres sino que quiere combatir el sistema que ellos han creado, lo que llamamos machismo.
Quise dejar claras dos ideas en el escrito anterior, la primera que la interpretación histórica, por haber sido analizada y transmitida por los hombres, ha relegado el papel social de la mujer a mera anécdota y la segunda que es al darnos cuenta de que compartimos con otras mujeres los mismos problemas, empezamos a comprender que hay que debatir socialmente el papel de la mujer.
Se podría decir que estamos pasando de pensar y comportarnos con patrones fijados por los hombres, para agradar a su mirada tanto física como mentalmente, a ser capaces de mirarnos a nosotras mismas, independizándonos de los patrones masculinos que se nos han impuesto y reivindicar nuestro protagonismo en el desarrollo de la sociedad en igualdad.
Volviendo a la representación de ‘El ciclo de la violencia de género’ que pudimos ver el pasado día 7, a la vez que preguntaba sobre si había constituido un grupo de mujeres en el pueblo, comenté que había echado de menos que no se reflejara la importancia del apoyo en esa performance.
Intento explicarme.
Cuando se teatraliza sobre un tema como este, se pretende, consciente o inconscientemente (ese es el poder del teatro) transmitir una idea que quedará para la reflexión del público.
Aparte de la valentía de una de las participantes en la performance reconociéndose víctima de violencia de género, fue esclarecedor el reproche que ella misma hizo a aquellas personas que no le habían creído (supuse que había pedido ayuda que le fue denegada). Y es que no se puede entender ese ‘ciclo de la violencia’ sin la connivencia del entorno, de la sociedad, también sea consciente o inconscientemente.
Es por eso que me pareció insuficiente la interpretación del ciclo violento como algo circunscrito al interior del domicilio. No me quedó claro si Javier Sanz fue solo el director, el que dio forma al contenido o si también fue el autor, lo digo únicamente por que quede claro que son responsabilidades distintas. Sin embargo, entre ambas personas, quien firma la autoría y quien la escenifica, existe un ‘estar de acuerdo’ con el contenido.
Pero una vez es representada la obra, está sometida al escrutinio del público.
En esta obra se muestra el ciclo como el paso del estado de alegría inicial de la convivencia en pareja, a las primeras manifestaciones de sometimiento hasta la violencia física que puede terminar bien mediante la salida de la relación, bien con la muerte.
Sin entrar en las complejidades que se dan en las relaciones, ese proceso solo hace referencia a lo que ocurre de ‘puertas para dentro’; es lo que las ideas derechizadoras siguen reclamando como ‘violencia doméstica’.
Lo que el feminismo plantea, y recuerdo que la función tuvo lugar en los actos previstos para el 8M, es que si la violencia de género se da no es solo porque haya un conflicto hombre-mujer, sino porque la educación que se ha recibido y las convenciones sociales lo permiten y fomentan.
Cuando se pone la mirada exclusivamente en los comportamientos de la pareja se está simplificando lo que ocurre dentro de la relación, o se está dando a entender que todo ciclo de violencia de género es idéntico en todas.
Se podrá decir que eso es lo que se quería mostrar en la obra, que se pretendía la empatía del público. Bien, pero entonces no hablemos de ‘ciclo’ y hablemos de un ‘patrón’ de conducta más o menos estandarizado.
Mucho más interesante me resultaron las intervenciones de algunas de las actrices. Aparte de la ya mencionada aludiendo a la incredulidad por parte de las personas a las que ella, víctima de violencia, había recurrido, estuvo la explicación de las vivencias experimentadas durante los ensayos y la representación.
Otras personas expertas podrán explicarlo mejor que yo pero, para hacer verosímil un personaje, quienes actúan deben apropiarse de él, así que no es difícil imaginar que hay que girar la mirada hacia dentro, hacia lo que sienten las mujeres víctimas, como única forma de aproximarse a sus experiencias.
Si seguimos mirando desde fuera, seguiremos viendo la violencia de género como episodios aislados que pueden sanarse con terapias individuales. Sin embargo, me parece que no se habrá ido a la raíz del problema: el origen de la permisividad social que, como decía en el anterior artículo, deriva del poder ejercido por los hombres que no han contado con que hay otro sexo con el que compartir la ‘humanidad’ y que, a pesar de las buenas palabras e intenciones, mira a las mujeres como seres incapaces a quienes se debe moldear según sus requisitos estéticos y de comportamiento. Es decir, ajustarlas al ideal de sociedad que ellos han diseñado.
Eché de menos esa parte que nos involucra a todas las personas y nos hace partícipes en ese ‘ciclo’ de violencia.
Está comprobado que una mujer víctima de violencia recurre a otra mujer para confiar su situación, así que también hay otra fase posterior a la determinación de salir del entorno viciado y tiene mucho que ver con esa primera respuesta a la petición de ayuda. Me parece que resaltar la necesidad de dar a conocer lo que ocurre y transmitir la idea de que hay otras mujeres que le apoyarán, al menos da más esperanza que limitarse a analizar el tema de forma neutra.
Nada que decir si es eso lo que se pretendía, pero no está mal hacerse alguna pregunta más como espectadora.
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