
INTRODUCCIÓN
Teniendo muy claro que nos encontramos en una posición privilegiada, hablar de ‘decrecimiento’ no es pretender volver al pasado y alumbrarse con un candil o comunicarse por señales de humo.
Precisamente, porque vivimos en países ricos donde se pueden sobrepasar las condiciones de una vida digna y acomodada, donde disfrutamos de lo superfluo y prescindible, podemos plantearnos la posibilidad de un decrecimiento económico que beneficie a quienes no han alcanzado nuestros estándares: no pueden decrecer quienes no alcanzan condiciones vitales justas.
Por otro lado, está claro que no querrán decrecer aquellos que quieren seguir aumentado sus lujos y privilegios.
Aquí un inciso: resultan sospechosas esas manifestaciones de, por ejemplo, la reina Letizia o el interés mostrado por las instituciones europeas en torno al decrecimiento ¿intentan convencernos de las bonanzas del decrecimiento para que unos pocos de ellos consoliden su estatus a costa de nuestros sacrificios? … ahí queda la duda.
Otro apunte, este, si se quiere algo más filosófico: el capitalismo nos crea nuevas necesidades pero, si fueran verdaderas necesidades ¿tendrían que ser creadas o, por el hecho de ser necesidades, estarían ya definidas y no tienen que ser inventadas?
Dejando de lado lo que afectaría a lo individual, a las conductas de cada cual según el grado de compromiso que se tenga, el decrecimiento se entiende también como conjunto de ideales anticapitalistas que han ido apareciendo desde las primeras manifestaciones tecnoindustriales que buscaban el beneficio de unos pocos en detrimento del bienestar mayoritario.
Queremos aprender y entender lo que ofrecen las teorías del decrecimiento y, para ello, vamos a seguir los dos tomos del libro En los orígenes del decrecimiento de los autores Cédric Biagini, David Murray y Pierre Thiesset. Publicadas las dos primeras ediciones en francés en 2017 y 2020, se editó en España por la Editorial Popular en 2022.

El esfuerzo realizado por estos autores al recopilar un grupo de 50 pensadores y pensadoras que defienden de distinta manera y con distinta intensidad una oposición a la idea de crecimiento que contiene la doctrina capitalista, nos invita a reflexionar.
LUDISMO
Nos ocupamos hoy de la primera entrada que está dedicada a Ned Ludd y al movimiento luddita o ludita.
No está claro que el nombre Ned Ludd haga referencia a una persona concreta, parece más bien que podría referirse a una figura legendaria o, al menos, algo mitificada. Lo cierto es que fue el nombre utilizado en las cartas amenazadoras enviadas a los industriales de las Midlands inglesas en 1811.
¿Qué estaba pasando en tierras de Gran Bretaña? ¿qué había motivado las amenazas?
La transformación desde el feudalismo al capitalismo en tierras inglesas se inicia con el vallado de parcelas que, paulatinamente, iría transformado la economía comunal con sucesivas ‘leyes de cercamiento’ por las que los terratenientes se apropiaban de las tierras comunales, convirtiéndolas en zonas privatizadas. El robo sistemático de las tierras comunales, apoyados en dichas leyes, se había normalizado a principios del siglo XVIII. Un dato que nos da idea de cómo se estaba desarrollando la acumulación de tierras en cada vez menos manos: los 250.000 terratenientes independientes que aún existían en 1786, se reducirían a 32.000 en sólo 30 años.
Estas leyes, que permitían ir parcelando el suelo rural despojaban a los pequeños agricultores de las tierras comunales haciéndolas pasar a manos privadas, les condenaban a la mendicidad. De esta forma aparecía lo que conocemos como ‘proletariado’, es decir, personas desprovistas de cualquier pertenencia que únicamente podían ofrecer su trabajo. Si en las parroquias comunales contaban con vivienda y alimentos, ahora, además de ser desplazados, debían comprar los productos necesarios, también para su alimentación.
Es precisamente en esta apropiación de territorios comunales donde Marx sitúa lo que denomina ‘acumulación originaria’ sin la cual no hubiera sido posible el capitalismo.
Ante el aumento de la pobreza se promulgaron ‘leyes de pobres’ y se diseñó un sofisticado sistema de workhouses o ‘casas de trabajo’ semejantes a hospicios donde se separaban las familias y los sexos y se les sometía a una férrea disciplina cuya alternativa era aceptar cualquier empleo aún en las peores condiciones.
La falta de trabajo en las zonas rurales propició un desplazamiento hacia las ciudades donde se abrían paso las industrias cada vez más tecnificadas que, en el caso de las industrias textiles acabarían en poco tiempo con más de 80.000 puestos de tejedores manuales, que se veían obligados a demandar empleo en las grandes fábricas modernas como mano de obra barata y haciendo posible la paulatina rebaja salarial.
Estas condiciones, sumadas a las variaciones entre periodos de trabajo y paro en función de las demandas comerciales, llevaron a las primeras alianzas proletarias que pretendían paliar esos abusos y obtener alguna mejora ya en la primera mitad del siglo XVIII.
La respuesta a estas primeras manifestaciones de protesta fue la promulgación de las ‘leyes de combinación de 1799-1800’ que prohibían cualquier forma de organización que pretendiera aumento de salario o mejoras de las condiciones.
Como respuesta empezaron a surgir asociaciones de beneficio mutuo, aparentemente inocentes, en cuyo seno y con carácter secreto, se luchaba contra los patronos y animaban a la resistencia.
En este juego entre acción obrera y endurecimiento de leyes es donde aparece la figura de Ned Ludd tras la que se ocultaba la oposición organizada a la creciente mecanización de las fábricas que reducía la cantidad de mano de obra necesaria y condenaba a la mendicidad.
La industria textil, que antes realizaba todo el proceso, desde el hilado a la confección, en el recinto familiar, había desarrollado sistemas cada vez más especializados y tecnificados que separaban los procesos en fábricas.
En 1811 se destruyeron más de 200 telares mecánicos y demolieron 60 máquinas nuevas para tejer medias en la zona de Nottingham.
La consigna de las sociedades obreras secretas era: «Detengan al que se atreva, detengan al que pueda».
¿Cuál fue la respuesta del Parlamento? … Una ley que imponía la pena de muerte por la destrucción de máquinas.
Se puso precio de 40.000 libras a las cabezas de los líderes clandestinos. En enero de 1813, dieciocho trabajadores condenados por ludismo fueron ahorcados en York a la vez que aumentaba la deportación de trabajadores organizados a las cárceles coloniales de Australia.
Sin embargo, todas estas medidas represoras que acabaron con el movimiento ludita, no pudieron impedir que el movimiento obrero fuera creciendo y organizándose.
Lo que, en principio habían sido respuestas espontáneas atacando los medios de producción, fue transformándose en un movimiento solidario de reivindicación de mejoras sociales.
Es innegable que el movimiento ludista se produce en un momento decisivo de transición a la economía capitalista. La destrucción, por su parte, de los medios tecnológicos que se estaban implantando en las fábricas textiles clasifica al movimiento como iniciador de lo que, con posterioridad, se irá conociendo como teorías del decrecimiento.
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Bibliografía complementaria:
Marx, K. El Capital. Tomo I. Ed. Progreso, 1990
Rocker, R. Anarcho-Syndicalism. Ed. Pluto Press, 1989
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