La biodiversidad no solo nos salva, nos mejora

Cuando se habla de biodiversidad todo el mundo piensa en animales y plantas, a duras penas incluimos microorganismos y, desde luego, casi nunca pensamos que también las personas formamos parte de esa diversidad biológica.

Como nuestra relación con la naturaleza no es de respeto porque sea ‘nuestro medio’, sino de dominio porque pensamos que debe estar a ‘nuestro servicio’, nos sentimos cada vez menos parte de ella. La observamos como si no tuviera que ver con nosotros.

Una buena definición de biodiversidad entendida en ese sentido amplio e incluyente es la del Museo Americano de Historia Natural: “… se refiere a la variedad de la vida en la tierra en todos sus niveles, desde los genes hasta los ecosistemas y puede abarcar los procesos evolutivos, ecológicos y culturales que sustentan la vida. … incluimos a los seres humanos y la diversidad cultural humana como parte de la biodiversidad. Utilizamos el término «biocultural» para describir la naturaleza dinámica, en continua evolución e interconectada de las personas y el lugar, y la noción de que las dimensiones sociales y biológicas están interrelacionadas. … Esta relación hace que toda la biodiversidad, incluidas las especies, los paisajes terrestres y marinos, y los vínculos culturales con los lugares en los que vivimos -ya sea allí donde estamos o en tierras lejanas- sean importantes para nuestro bienestar, ya que todos desempeñan un papel en el mantenimiento de un planeta diverso y sano.”.

Sala de la biodiversidad del Museo Americano de Historia Natural

Causa y efecto del cambio climático, cada vez hay un mayor porcentaje de especies en peligro, sin caer en la cuenta que la extinción que nuestro modo de vida está produciendo en el medio natural empieza a ser alarmante para la existencia de nuestra propia especie. No nos estamos dando cuenta de que la pérdida de biodiversidad nos pone en peligro a nosotros los humanos.

Y es que somos los principales depredadores de nosotros mismos.

Sin embargo, no estamos tan alejados de animales y plantas

Hay muchos puntos de conexión entre las especies; es solo que nuestro modo de vida nos ha ido separando de ese sentirse ‘vecinos’ y no ‘amos’.

Podemos entender, por ejemplo, que, entre los humanos, las uniones entre personas de la misma familia transmiten alteraciones genéticas a los descendientes en forma de enfermedades, mutaciones o infertilidad. Lo hemos ido aprendiendo con la experiencia. Y es que, en términos de evolución, es mucho mejor mezclarse con parejas que provengan de otras ramas porque eso nos hace más resistentes a las enfermedades. Eso es diversificación biológica o biodiversidad.

Lo mismo ocurre con los animales y las plantas. Estas últimas, por ejemplo, han desarrollado sistemas complejos de reproducción para asegurarse variedad y resistencia.

Algunas plantas como la palmera datilera, el aguacate o la morera cuentan con individuos machos e individuos hembras. Otras poseen en el mismo ejemplar, flores masculinas y flores femeninas. El maíz, el almendro o la encina pertenecen a este grupo. Finalmente otras, las hermafroditas, cuentan con flores que son, a la vez, masculinas y femeninas; por ejemplo el tomate, el pimiento o el manzano.

Tampoco los animales se quedan atrás en variedad para desarrollarse en la naturaleza y establecer sistemas diferentes de asegurar la especie.

Los zorros forman una familia digamos tradicional, son monógamos y los padres se encargan de mantener a toda la familia durante la crianza.

Entre las hormigas lo que domina es la poligamia, una reina se aparea con distintos zánganos.

Por su parte, los elefantes forman sociedades matriarcales en las que las crías son cuidadas en común, son adoptadas por toda la manada que dirigen las hembras.

Entre los pingüinos emperador, es la hembra, una vez ha puesto el huevo la que se encarga de buscar comida mientras el macho lo incuba.

Las hembras de los peces payaso solo permiten que un macho concreto fecunde sus huevos. Si las hembras mueren, el macho se convierte en hembra y ocupa su lugar. Son hermafroditas, tienen ambos sexos.

También son hermafroditas las estrellas de mar, lo que les permite reproducirse por vía sexual sin depender de otra estrella. Por si acaso, se pueden reproducir por partición, se regeneran a partir de un trozo de sí mismas.

También polígamas, las hembras emús, aves semejantes a los avestruces, abandonan los huevos a cargo del macho quien se encargará de incubarlos y criarlos.

Entre las ballenas, los machos luchan por las hembras. Sin embargo, entre algunos antílopes, son las hembras las que luchan por los machos.

Aún más, los caballitos de mar son los que dan a luz a sus crías; las hembras depositan los huevos sin fecundar en una bolsa en la cola de los machos. Son ellos los que se quedan embarazados.

Podríamos continuar con muchos ejemplos de esta extraordinaria diversidad. Pero me hago dos preguntas sencillas:

Si la celebramos en los animales y plantas ¿por qué no aceptamos la diversidad entre nuestros congéneres, entre nuestra especie humana?

Los animales, que no tienen nuestra inteligencia, se aceptan sin discriminación ¿por qué la humanidad ‘civilizada’ es capaz de despreciar y ejercer violencia sobre otras personas porque las considera distintas?

Como decíamos al principio: ‘incluimos a los seres humanos y la diversidad cultural humana como parte de la biodiversidad’. ¡Respetemos la forma de vivir que cada cual tenga!, ¡Celebremos la biodiversidad también en nuestra especie! … nos ayuda a mejorar, al menos culturalmente.

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